Yo canto para que los dejen vivir

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Youssef ha dejado de llorar...

La pared vuelve a estremecerse, y la bombilla que desde hacía rato amenazaba con extinguirse, termina por dejar el cuarto sumido en la penumbra; no lejos de allí, un proyectil acaba de impactar en la pequeña planta generadora de electricidad, interrumpiendo el suministro de ese importante fluido. Solo ahora se percibe, a través del boquete abierto por el último impacto, la luz macilenta que se filtra desde el pequeño patio exterior; allí, un trozo de soga entre jirones de pelo ensangrentado marca el lugar donde estuvo amarrada una cabra.

Youssef ya no llora, pero en su rostro infantil aun se distinguen las marcas secas, como estigmas, dejadas por las lágrimas en su descenso sobre la inofensiva tez salpicada de polvo.

Su padre, profesor de la Universidad Islámica de Gaza, fue a trabajar hace 5 días a pesar de las súplicas de su esposa. Sin saber exactamente por qué, Youssef salió corriendo hacia el zaguán y rompió a llorar, al tiempo que se aferraba lo más fuertemente posible al saco marrón que tantas veces le sirvió de ensilladura. A partir de entonces, cada tarde, acodado en el alféizar de su ventana, fija la mirada en un recodo del camino a esperar que la calle le devuelva la acostumbrada silueta masculina caminando rumbo al hogar. El niño aun siente latir en su mejilla el beso paternal de aquella fatídica mañana, pero tardará todavía un poco en saber que fue el último.

Youssef no llora, a pesar de que la intensidad y frecuencia de los bombardeos han ido aumentando gradualmente; la ciudad está sometida a un incesante asedio. A ratos, cuando el macabro concierto llega al entreacto, un silencio sobrecogedor se extiende como un manto sobre los techos de las casas, solo interrumpido a ratos por los gritos y lamentos de algún desdichado. Youssef teme más a ese silencio, porque se le antoja preludio de algo más siniestro y devastador aun.

Su madre se ha comportado de manera muy extraña durante los 2 últimos días. Se la pasa murmurando frases incoherentes y arrodillándose en una esquina ante un icono, con un pequeño libro entre sus manos y la barbilla hincada en el pecho. Esa fue la última imagen que guardó antes de que la vista se le nublara y parte del techo se viniera abajo luego de un sibilante estallido. Cuando recobró los sentidos, ella yacía de cara al suelo y un fino hilo de sangre rodaba por sus sienes.

Pero, pese a todo, Youssef no llora. Y no por falta de razones, porque un dolor infinitamente inmerecido embarga su pequeño corazón que no aún no aprende –ni aprenderá- a odiar a los asesinos de sus padres. Youssef ya no alberga deseos de vivir, de estudiar, de jugar con sus amigos, de ser feliz… ya no volverá a cantar los salmos del Corán, porque un miserable genocida se creyó con el derecho de apagar su voz “regalándole” un proyectil cariñosamente autografiado por niños israelitas.

Youssef ha dejado de llorar. Los infantiles rizos negros que le caían en bucles sobre los hombros se han vestido con su sangre; ahora es uno más entre los casi 300 niños que han sido asesinados hasta la fecha por el ejército de Israel en la Franja de Gaza.

14/01/2009 20:33. Autor: Félix D. Batista Diñeiro. #. Tema: Ventriculares.

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