La CIA se equivocó otra vez...

Difícil resulta, para quienes hemos vivido siempre bajo la égida de tu ejemplo, hablar sobre tu figura. Zozobran las palabras ante los incontables espacios vacíos que surgen cuando se intenta acotar tu personalidad con adjetivos.
Apenas comenzabas a vivir cuando decidiste elegir la estrella que ilumina y mata, para romper con su luz el yugo opresor que describió nuestro Martí. Por eso toda América te conoció, primero subido a las espaldas de una motocicleta, y luego intentando incansablemente alcanzar la cima del Popocatépetl, en las minas de cobre de Chuquicamata, atravesando el desierto de Atacama o surcando el Titicaca…
Nosotros, los progresistas, siempre te recordaremos por tu naturalidad, sencillez, compañerismo y tus virtudes, tal y como te describió Fidel. Tus enemigos, porque nunca lograron sepultarte. Siempre serás el Che que inmortalizó Korda en su lente, acusando con la impactante fuerza de tu mirada a los responsables del sabotaje de La Coubre.
Hoy, cuando se cumplen cuatro décadas de que Mario Terán, ebrio de cobardía, oprimiera contra tu pecho el gatillo de su arma, continúas ganando nuevos combates desde tu inmortalidad. Tu desdichado verdugo puede ahora contemplar el ocaso gracias a los médicos cubanos que, al igual que hiciste tú un día, recorren el mundo llevando consigo tus enseñanzas.
La CIA cometió uno de sus mayores errores. Pensó que segando tu vida podría apagar tu luz, pero solo consiguió convertirte en símbolo.
Por todo eso, Ernesto, solo nos resta agradecerte por haber sido cubano, americano y del mundo. Gracias por todo lo que nos enseñaste. Y así, una vez más, junto a Fidel y Carlos Puebla, te decimos: “Hasta siempre, Comandante”.

