Javier en soliloquio

Las flores perfumaron la mañana y Javier despertó, como de un sueño, descubriéndose al pie de las columnas donde, en las noches frescas, Miriam recostaba su hermosa cabeza juvenil y, cerrando los ojos, le insinuaba con ternura un beso. Ahora, como ayer, llegaba la lluvia para hacerse música en el techo de zinc de la vieja casa del abuelo.Javier no pregunta. Todo se esfuma y todo permanece, como un juego incesante de realidades y fantasías, invadiendo recónditas zonas del recuerdo. La puerta de la casa permanece cerrada, pero sin dudas ella está adentro. Todo igual y todo diferente. La vida fluyendo incontenible, tan repleta de contrastes y matices.Sin reparar en la llovizna pertinaz, Javier regresa al volante de su FIAT argentino. Pone en marcha el motor. Avanza lentamente por la calle Bucarest, reconociendo puertas y portales, sillones y cercados, sombras de los amigos, olores y rumores del pasado, recordando todo cuanto había ocurrido antes de haberla visto la noche anterior, a la Miriam de siempre, y sin que ella lo viera.Una noche que sería inolvidable, bajo un cielo sin nubes, con un verano de fuego…

